Desde Nepal hasta Concordia, una misma inquietud atraviesa fronteras: ¿qué futuro les estamos dejando a quienes recién empiezan a construir su vida?
Una mochila escolar frente al poderEl 8 de septiembre de 2025, miles de jóvenes salieron a las calles de Katmandú, la capital de Nepal. Algunos todavía vestían sus uniformes escolares.
Llevaban mochilas, proyectos y una pregunta que ningún gobierno debería ignorar: ¿por qué el futuro que nos prometieron parece cada vez más lejano?
La prohibición de redes sociales encendió las protestas, pero el malestar venía de mucho antes: corrupción, privilegios, falta de oportunidades y distancia entre la política y la sociedad. La represión dejó víctimas y el primer ministro renunció. Aquellas imágenes conmovieron al mundo porque mostraron algo que trasciende a Nepal: una generación que se resiste a aceptar la resignación como destino.
La promesa de progreso se está debilitandoDurante décadas, millones de familias creyeron en una idea sencilla: estudiar, trabajar y esforzarse permitiría vivir mejor. Esa promesa nunca fue igual para todos, pero ofrecía un horizonte. Hoy, para muchos jóvenes, ese camino se volvió incierto. Tener un título no asegura un empleo digno; trabajar no siempre permite ahorrar; y acceder a una vivienda propia parece, en ocasiones, una meta inalcanzable.
Según la Organización Internacional del Trabajo, en 2023 el 20,4 % de los jóvenes de 15 a 24 años del mundo no estudiaba, no trabajaba ni recibía formación. El desempleo juvenil mundial rondaba el 13 %. Detrás de esas cifras hay historias concretas: personas que postergan su independencia, sus proyectos y hasta la posibilidad de formar una familia.
Vivimos una paradoja: nunca hubo tantas herramientas para aprender, comunicarse y crear, pero millones de jóvenes encuentran enormes obstáculos para convertir esas capacidades en bienestar. Cuando el esfuerzo deja de tener una recompensa razonable, no solo se deteriora la economía familiar: también se debilita la confianza en las instituciones.
Un reclamo que cruza fronterasEn Kenia, Bangladesh, Marruecos y otros países, distintas movilizaciones juveniles cuestionaron decisiones políticas, corrupción, servicios deficientes y falta de oportunidades. No son protestas idénticas ni responden a una sola ideología. Las unen preguntas parecidas: ¿quién escucha a los jóvenes?, ¿quién piensa en su futuro?, ¿quién se hace cargo de las decisiones que condicionarán sus próximas décadas?
Las redes sociales amplifican esos reclamos y permiten comparar realidades a escala global. Pero no crean por sí solas la frustración: detrás están el costo de vida, la precariedad laboral y la sensación de que el progreso se aleja.
La inteligencia artificial, con sus enormes posibilidades, suma otro desafío: preparar a las nuevas generaciones para empleos que cambian rápidamente, sin dejarlas solas frente a esa transformación.
La Argentina y Concordia también deben hacerse estas preguntasEn nuestro país, la inestabilidad económica, las dificultades para conseguir un primer empleo y el acceso cada vez más complejo a la vivienda golpean las expectativas juveniles. En ciudades del interior como Concordia, el problema tiene además una dimensión territorial: muchos jóvenes se capacitan, se reciben y luego sienten que deben irse para encontrar las oportunidades que su ciudad no les ofrece.
Cada joven que se marcha por falta de posibilidades representa mucho más que una historia personal: es talento, energía y capacidad de innovación que nuestra comunidad no logra aprovechar. Y quienes se quedan tampoco deberían verse obligados a elegir entre empleos precarios y proyectos postergados.
Por eso, hablar de desarrollo no puede limitarse a anunciar inversiones o mostrar indicadores económicos.
Debemos preguntarnos cuántos empleos dignos se generan, qué oportunidades encuentran quienes terminan la escuela, qué apoyo reciben los emprendedores y cómo vinculamos educación, oficios, universidades, empresas y Estado.Una ciudad progresa de verdad cuando sus jóvenes pueden elegir quedarse, no cuando deben resignarse a hacerlo.
No alcanza con pedirles que se esfuercenA los jóvenes les repetimos que estudien, se capaciten, emprendan y trabajen. Y está bien valorar el esfuerzo. Pero también debemos tener el coraje de preguntarnos qué hacemos, como sociedad, para que ese esfuerzo encuentre oportunidades reales. No podemos exigirles que crean en el futuro mientras les cerramos las puertas para construirlo.La respuesta no es prometer soluciones mágicas ni idealizar a una generación diversa.
Es construir políticas sostenidas: educación de calidad, formación para el trabajo, inversión productiva, acceso al financiamiento, transparencia y espacios de participación. También es escuchar a quienes ya están transformando sus barrios mediante proyectos culturales, ambientales, solidarios y emprendimientos.
La esperanza no puede quedar en un discursoDetrás del enojo juvenil hay algo profundamente valioso: la convicción de que las cosas pueden cambiar. Esa energía no debería ser vista como una amenaza, sino como una oportunidad para renovar nuestras instituciones y nuestras ciudades. La responsabilidad de los adultos y de quienes gobiernan no es pedir paciencia indefinida, sino abrir caminos concretos.
Volvamos a los estudiantes de Katmandú, con sus mochilas frente al poder. Su imagen nos recuerda que una sociedad fracasa cuando sus jóvenes dejan de imaginar una vida mejor. Pero también nos recuerda que, aun en medio de la incertidumbre, existe una generación dispuesta a luchar por ella.
Los jóvenes no piden que les regalen el futuro. Piden la oportunidad de construirlo. Y nuestra obligación no es decirles que esperen: es trabajar para que puedan hacerlo aquí, con dignidad, libertad y esperanza.
Porque el futuro de nuestros jóvenes no es un problema de ellos: es la responsabilidad de todos.


